Apretada en el microbus

microbus xxxTenemos 16 años de matrimonio, mi esposa es menor que yo en 9 años, ella tiene 45 años, pero se encuentra en perfecto estado de conservación gracias a su dieta y a los ejercicios de gimnasia que realiza a diario en casa.

Era un soleado día de verano, salimos juntos del estudio contable de ella para ver a un cliente en un distrito cercano que tenía un problema con la Administradora de Impuestos; ella estaba ese día vestida con un pantalón bluejean bien apretado que hacía resaltar finamente sus hermosos glúteos así como de sus torneadas piernas, y con una polo oscuro con amplio escote que dejaba ver los inicios de sus turgentes senos níveos; estaba tan atractiva que hacía que todos los hombres dirigieran su mirada hacia su hermoso cuerpo en especial a su bello trasero, lo que me excitaba de sobremanera.

Es necesario decir, que siempre he tenido la fantasía de que otro hombre disfrutara del cuerpo de mi mujer en mi presencia, con sutiles roces primero y después con sexo total, haciéndola bramar de placer sin ningún reparo y verla llegar a varios orgasmos espectaculares, para finalmente hacerle yo sus masajes corporales con toda ternura; pero la vez que se le comenté, se sintió confundida y rechazó de pleno la idea, así que nunca más volví a tocar el asunto.
Esa, tarde esperábamos el microbús para desplazarnos, pero no llegaba, así que ya nos íbamos a otra avenida para encontrar otro medio, cuando en eso apareció el carro, pero éste estaba completamente lleno, así que cruzamos de la peor manera la pista y nos subimos rápidamente, ambos nos quedamos casi en el estribo, ella un poco más arriba y yo abajo en el primer escalón, el carro avanzó unos metros más y se detuvo otra vez para que subieran más pasajeros, pero estaba tan lleno que solo pudieron subir dos jóvenes, uno se puso atrás mío y el otro justo detrás de mis esposa, quién estaba agarrada del pasamanos lateral, el joven se colocó de tal manera que rozaba las preciosas nalgas de mi mujer con su pecho y al agarrarse del mismo pasamano del que estaba asida mi esposa, hizo contacto plenamente con sus bellos glúteos, ahora con el antebrazo, levantándolos notoriamente hacia arriba, lo cual me produjo una excitación inesperada, poniéndose erecto mi órgano masculino inmediatamente.

El viaje demoraba más de lo esperado por el tráfico y mi esposa se acomodaba un poco mejor y el joven también, aumentando el contacto corporal con todo el trasero de mi mujer con su antebrazo, comprimiéndolo un poco más que antes, yo totalmente invadido por la excitación, discretamente empujaba al joven para que el contacto entre ambos fuese mejor, consiguiendo mi objetivo; el joven ni corto ni perezoso se acomodó mejor para el contacto con su antebrazo con el medio del precioso trasero de mi mujer, el cual era levantadas deliciosamente, banqueteándose literalmente con las bellas nalgas. Mi esposa videos porno Bingo Porno.com me daba la impresión de que disfrutaba también, pues no se movió un ápice (no se podía tampoco con tanta apretadera) para evitar el tocamiento, estaba sonrojada por el calor o por la excitación, no decía ni hacía absolutamente nada, hasta que comenzó a bajar la gente del bus y quedando más espacio terminando el excitante espectáculo para mí.

Finalmente nos bajamos del bus en nuestro destino, le comenté a mi esposa, lo apretados que vinimos, sonrojada y sonriente me dijo que sí, efectivamente estuve bien apretada.

Esa noche gracias a ese extraño suceso, le hice el amor a mi mujer hasta saciarla totalmente, eyaculando todo mi semen dentro de ella. Yo particularmente mejoré mi rendimiento evocando el recuerdo del autobús y por supuesto agarrandole su hermoso trasero durante toda la fornicación.

Gloria y Margarita

chicas lesbianasGloria me llamó para invitarme a tomar un café en su casa. La llamada me sorprendió, porque nunca habíamos tenido un contacto muy directo, aunque la verdad es que yo deseaba a esa mujer. Cuando llegué, me abrió la puerta vestida con una bata de andar por casa. Eso también me sorprendió, pero fingí que no me daba cuenta del detalle. He de confesar mi admiración por el cuerpo de aquella mujer, y decir que estaba realmente intrigado por su llamada. Me hizo pasar al salón de su casa, y cuando estuvimos sentados comenzó a explicarme que estaba sola, deprimida, que ya todo le daba igual. Yo trataba de decirle palabras de ánimo, de apoyarla y hacer que se sintiera mejor. Acabó confesando que estaba enamorada de mí y que estaba dispuesta a someter su voluntad a mis designios.

Se abrió ante mí un abanico de posibilidades enormemente prometedor. Sin dudarlo un momento, la cogí por la nuca y atraje su cabeza hacia mi pecho, apoyándola en él. Le acaricié el cabello y la espalda mientras me dedicaba a pensar por dónde iba a comenzar mi festival con aquella mujer. Seguía diciéndole palabras amables para vencer más su voluntad. Ella se abrazó a mi cuerpo y mi polla comenzó a ponerse dura. La tranquilicé un poco más, pero casi enseguida la incorporé y besé sus mejillas, y a continuación sus labios. Ella reaccionó abriendo la boca buscando un beso más interesante. Accedí y mi lengua encontró la suya, fundiéndose ambas en un prolongado beso.

Entretanto mis manos no estaban quietas, y habían descorrido la bata a un lado, dejando al descubierto sus pechos hermosos, que no había dudado en comenzar a acariciar. Sus pezones estaban erectos, la carne de los senos prieta, su piel erizada por el deseo. Mi boca abandonó la suya, bajando por el cuello hasta encontrar el nacimiento de sus tetas, cuya superficie recorrí con mi lengua, besando y paladeando su tersura. Encontré luego los pezones, tiesos por el gozo, y los mordisqueé a placer. Gloria suspiraba echada la cabeza hacia atrás.

Cuando sacié mi paladar con su sabor, quise más. Acabé de quitarle la bata y descubrí los encantos de su cuerpo, vestido tan sólo con una braguita de encaje que transparentaba la oscuridad del vello de su sexo. Pasé una mano por entre la tela y toqué su coño, dilatado y cálido, presto para recibir el regalo que yo ya tenía preparado. Efectivamente, tenía la picha dura y dispuesta para entrar en acción. Sólo que estaba aprisionada por el pantalón. Le dije a Gloria que me desnudara. Comenzó a hacerlo lentamente, dándome tiempo a que todavía creciera más el animal ansioso que la ropa ocultaba. Me quitó la camisa y besó mi torso; bajó mis pantalones y quedó patente la erección, todavía retenida por el calzoncillo, pero también éste fue retirado, y por fin quedó libre la manifestación de la naturaleza: allí estaba mi mástil en plena forma.

Nada más verlo, su reacción fue instintiva. Sorprendiéndose por el tamaño de aquel aparato que aparecía ante su vista, retrocedió emocionada, pero enseguida se repuso y se dedicó a acariciarlo suavemente con sus manos, como temiendo despertar el furor de aquel dragón. No podía imaginar cuán cerca estaba de conseguirlo.

Todavía tenía bajo control el ansia de aquel animal recién destapado, aunque todo mi ser deseaba conseguir los placeres de aquella hembra. El miembro palpitaba, henchido por la alegría que el festín próximo prometía. Gloria, a mi lado, tenía la boca abierta por la admiración que le había causado la contemplación de aquel hermoso ejemplar. Me precio de tener una picha cojonuda y es normal que las mujeres con las que estoy se asombren ante tal manifestación de mi poderío. Ella no fue una excepción. Seguía con la boca abierta y aproveché para inclinar su cabeza sobre el descomunal artefacto. No podía hacer otra cosa que dejarse llevar, obnubilada como estaba ante el descubrimiento que había hecho.

Su boca aceptó dentro de sí la punta del glande, que sabiamente lamió y chupó, aunque parecía que no iba a caber dado su tamaño. Sin embargo, la animé a que dejara que el extraordinario miembro penetrara en su garganta, y poco a poco fue tragando gran parte de mi órgano sexual. Luego de sentir el calor de su gaznate, dejé que sólo la punta del capullo fuera la beneficiaria de su lengua. Era mucha su pericia en estos menesteres, y sentí gran placer con su mamada. Un líquido lechoso comenzó a asomar por la punta del bálano, señal de que la lubricación había comenzado.

Llegados a este punto, le pedí que se quitara la braguita y se tumbara sobre la cama, con las piernas abiertas para mí. Me tumbé a su lado y estuvimos acariciándonos un rato. Pero enseguida noté lo que yo necesitaba: tenía que poseer a aquella mujer inmediatamente. Ella, queriendo tanto como yo la consumación, me sujetaba la polla, acercándola a la entrada de su sexo. Cuando me puse sobre ella apenas tuve que realizar ningún esfuerzo: sus sabias manos habían colocado adecuadamente la punta del misil en el objetivo de su coño, y no tuve más que empujar para que se deslizara suavemente en su interior. Yo estaba mojado, ella estaba mojada. Ambos habíamos comenzado el ritual manifestando nuestro deseo mediante líquidos sexuales propiciatorios, que ahora facilitaban la penetración. Puesto sobre Gloria, me dediqué a follarla, y ella a recibir aquel envite con gran deleite. No tardó mucho en alcanzar el estado frenético del orgasmo. Mientras yo la poseía, mis manos se habían aferrado a sus tetas, acariciándolas con gran gusto.

Tras un rato, comencé a notar la proximidad de mi propio orgasmo. Lo sentí llegar desde lejos: un calor que te inunda desde los pies, invadiendo tu cuerpo hasta la coronilla; cuando ha llegado hasta ahí, lo que busca es una salida por donde escapar, y mi salida estaba justo dentro del coño de Gloria. Abrí la espita y dejé escapar todo el torrente lechoso de mi pasión en su interior. Ante aquella sacudida bestial, ella volvió a correrse, mientras mi polla se dilataba todavía más en su interior, ampliando el pasillo de su vagina, que se abría al caudal que se derramaba dentro. Quedamos ambos bien satisfechos, aunque ella seguía demostrando la inicial dependencia de mí. Yo procuré aprovechar esa ventaja.

Hice que me la chupara de nuevo, buscando una rápida reanimación del decaído animal. Luego fui yo el que besó todos los poros de su piel. Las posturas sobre la cama a veces eran inverosímiles, pero todas nos proporcionaban un gran placer. En un momento dado ante mi rostro apareció la entrada secreta de su sexo. No dudé en adelantar la cabeza para colar en su interior la punta de mi lengua, que recorrió el corredor delicioso, húmedo y cálido. Ella empujó hacia mí la pelvis, buscando que la lengua entra más profundamente en su ser. Sus suspiros delataban la tensión a la que estaba sometida, pero su entrega era total. La sujeté por los muslos y hundí todo lo que pude la lengua en su cueva sagrada de amor. Los pelos de su pubis arañaban mis párpados, pero no importaba: Gloria estaba teniendo otro orgasmo y yo lo estaba paladeando. A todo esto, la polla había recuperado su natural dimensión, y volvía a estar erecta y con ganas de encontrar un hueco en el que hundirse suavemente. Un rincón ardiente y profundo donde poder descargar el líquido germinador, la lava de mi pasión. Yo sabía dónde estaba ese hoyo.

Quedamos de nuevo tumbados sobre la cama, jadeando, sudando, pero felices. Nos mirábamos a los ojos y no eran necesarias las palabras. La besé en los párpados y luego en la nariz y luego en los labios. Luego su lengua buscó la mía y la encontró. La abracé y apreté mi cuerpo contra el suyo. Mi polla quedaba en medio, tiesa, potente, poderosa y ansiosa de encontrar el refugio que buscaba. Gloria era consciente de ello porque abría las piernas, ofreciendo su cofre misterioso al ser que deseaba visitarla de nuevo. Así fue. Tras unos breves escarceos y más caricias, cogí el cilindro y apunté a su sexo. Ella miraba, fascinada por la espada que estaba a punto de penetrarla, y jadeaba presa del delirio sexual. Apoyé la punta en la diana y ella misma alzó la grupa para que cuanto antes aquel animal hermoso tomara posesión de su cuerpo. La polla se deslizaba a las mil maravillas en el interior de su coño, húmedo y caliente. Nos besamos de nuevo, y de nuevo atrapé sus tetas, duras como piedras, erizadas por el deseo, tiesas por el frenesí. Sin dejar de agitarme sobre su sexo, me incliné para mejor besar y lamer sus preciados tesoros. Luego volví a su boca y a su cuello. Gloria volvió a correrse, mojándolo todo. En ese momento decidí sodomizarla.

Presa del delirio, obedecía cualquier cosa que yo dijera. Le dije que se pusiera a gatas sobre la cama y yo me coloqué tras ella. Acaricié sus nalgas, piel tersa y suave, y abrí la rendija que las separaba. Primero palpé el orificio, y luego puse allí la punta del acero hirviente. Sin contemplaciones clavé mi pica en su Flandes hasta el fondo. El alarido fue tremendo, pero resistió y yo me dediqué a follar su culito hermoso y tentador. ¡Qué delicia! Tenía yo la polla húmeda y eso facilitaba la labor de taladrar aquel agujero apetitoso que se abría para mí, o mejor dicho que mi picha ensanchaba con su empuje brioso. Al poco ella alcanzó un nuevo orgasmo, y yo no iba a tardar en llegar al mío. Efectivamente, en pocos minutos noté el cosquilleo y no quise retardarlo más. Disparé mi chorro en su trasero, liberándome ya para siempre del hechizo con el que aquella mujer me había atrapado. Fue una eyaculación estupenda: la tenía sujeta por las caderas y había clavado bien a fondo el nabo en su interior cuando me corrí. La polla ensanchaba el pasadizo de su culo, dilatándolo hasta más no poder. Gloria gemía y sollozaba, pero yo era inflexible en mis demandas. De todas formas, aunque se quejaba, no dejaba de correrse de gusto, y es que mi picha es mucha picha.

Cuando acabé de vaciar mis ansias en Gloria, quedamos tumbados sobre las sábanas revueltas. Yo tenía el pito fláccido y ella el culo como un bebedero de patos, aunque su coño seguía dilatado y brillante.

Llamaron al portero automático. Ella fue a contestar, y me dijo que era Margarita. Se había olvidado de que habían quedado esa tarde. Yo conocía a Margarita, y sabía que era buena amiga de Gloria. Se me ocurrió que podría ahora divertirme con ella y luego, los tres, hacer algo más. Le dije a Gloria que no se preocupara, que abriera y que invitara a su amiga a la “fiesta”. Gloria estaba tan pasada en esos momentos que cualquier idea le parecía bien.

Margarita llegó al piso y cuando la otra le explicó lo que estábamos haciendo se asomó a la habitación y me miró en mi desnudez sobre la cama, como si no se lo creyera. Volvió a salir y ambas estuvieron hablando durante unos minutos. Parecía que Gloria la estuviera convenciendo, y así debió ser porque al poco rato entraron ambas en el dormitorio.

Invité a Margarita a sentarse en la cama, y ella, muy recatada, se sentó en el borde, como si estuviera dispuesta a salir corriendo en cualquier momento. Yo la tranquilicé con palabras amables y pareció quedarse más relajada. Luego acaricié su espalda, notando que de nuevo la polla volvía a estar animada, y es que deseaba tener a aquella mujer. Logré convencerla de que se echara sobre la cama y yo me puse a su lado. Acaricié su rostro, su cabello, sus mejillas, y finalmente puse mis labios sobre los suyos. Al parecer Margarita no necesitaba mucho estímulo, porque me agarró la picha y comenzó a agitarla, haciéndome una paja. Yo no esperé más y me apoderé de sus senos, a través de la ropa de su blusa y su sujetador. Hundí mi lengua en su boca, buscando la suya, y cierto es que la encontré. Se pegó a mí como si fuera un clavo ardiendo, y realmente yo ya tenía el clavo ardiendo. Comencé a quitarle la ropa y la desnudé. Quedó ante mí su cuerpo presto, ansioso, bello en su desnudez. No pude esperar más y acerqué mi dardo a su diana. Su rubio vello púbico era una incitación, y no la desoí. Me coloqué en posición y metí la polla en toda su dimensión en el corredor de su coño. ¡Ya estaba húmedo! Follé a aquella mujer como si fuera la última. ¡Qué polvo! Yo sabía que iba a tardar en correrme, así que me dediqué a imponer un ritmo frenético que ella supo aprovechar con sucesivos orgasmos.

Luego decidí que también la iba a sodomizar. Hice que adoptara la postura adecuada (agachada e inclinada) y puse en la puerta a mi máquina folladora. La abracé por detrás y fui metiéndosela lentamente. Taladré su culito igual que el de la otra: sin contemplaciones. Hundí en él mi taladro y agoté mi caudal en su interior.

Luego las dos me cubrieron de besos y caricias. Parecía increíble pero yo volvía a estar empinado. Mis dos amantes no dejaron de ser sensibles al miembro en fase creciente y se disputaban cuál de las dos me la iba a chupar. Finalmente fue Margarita la que colocó su cabeza sobre el glande y comenzó a hacerme una mamada de aúpa. La otra no estaba quieta, y deslizándose entre mis muslos me chupaba los huevos. Yo podía alcanzar las tetas de Margarita y me dediqué a meterle mano; también podía llegar hasta la entrada de su sexo y allí colé mis dedos, jugando con su clítoris y su vagina. La fluidez húmeda que de allí brotaba manifestaba que respondía adecuadamente a mis caricias.

Cuando sus lamidas lograron que el tamaño de mi lanza fuera el adecuado les pedí que adoptaran la siguiente postura: Gloria sentada en la cama; ante ella, inclinada sobre su coño puse a Margarita, para que le hiciera un buen trabajito; luego yo me puse detrás de Margarita aprestándome a follarla debidamente. Ésta parecía no hacerle ascos a nada porque inmediatamente se aplicó a la labor de recorrer con su lengua todo el sexo de la otra, quien la tenía sujeta por la cabeza como si quisiera que llegara lo más adentro posible. Sea por lo que fuere, el caso es que Margarita estaba cachonda de verdad. Nada más rozar su ranura vaginal con la punta del capullo, pareció dilatarse para dar cabida dentro de sí a mi locomotora a plena potencia: su sexo se abrió como una flor y yo entré en ella como una abeja dispuesta a fecundarla. Hice que alzara un poco más la grupa y luego la sujeté firme por las caderas: empujé hasta el fondo y Margarita lanzó un gemido, entre el placer y el dolor de sentir aquel órgano que tomaba posesión de su cuerpo, que la penetraba tan a fondo y tan íntimamente. En seguida recuperó el aliento y comenzó a mover las caderas acompañando mis movimientos: esa mujer sabía moverse y sabía cómo dar placer a un hombre. Todo esto sin descuidar su labor con la lengua sobre y en el sexo de nuestra compañera Gloria, que a juzgar por sus espasmos debía estar ya corriéndose. Margarita había alzado las manos y con ellas magreaba las tetas de su amiga, apretando los pezones como si quisiera ordeñarla. Yo seguía a lo mío que era follarme a Margarita. Su coño rezumaba flujo vaginal, síntoma de su excitación lo que facilitaba mi labor de recorrer con la polla todo su pasillo sexual. Al rato Margarita sufrió un estremecimiento, se abrazó fuerte a Gloria y apretó su sexo alrededor de mi polla, como si quisiera retenerla siempre allí dentro. Noté cómo resbalaba su zumo y cómo caía sobre las sábanas; luego tuvo una serie de temblores y su cuerpo se agitó como si estuviera poseído: se había corrido (según confesó después, como nunca lo había hecho en la vida).

Gloria reclamaba ahora su parte en la fiesta. Accedí y les pedí que cambiaran de nuevo de postura.

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Una video llamada no esperada

videollamada calienteHace un tiempo retomé contacto con Maggie, una amiga muy cercana con la que compartimos el gusto por muchas cosas como música, café y… sexo. Sí, ella y yo tuvimos momentos muy calientes, y experimentamos mucho.

Esto pasó hace un par de semanas, desde que ella y yo dejamos nuestros viejos teléfonos y adquirimos teléfonos inteligentes, algunas de nuestras llamadas se convirtieron en video llamadas. En las conversaciones compartíamos nuestros gustos por tal y o cual persona, nuestra curiosidad por alguna escena de sexo en una película, y esto llevó en muchas ocasiones a compartir fotos calientes de cada uno de móvil a móvil.

Maggie me había comentado que había un compañero de trabajo que la rondaba, a ella no le gustaba mucho, pero su forma de acercarse y tratar de seducirla la calentaba. Medio broma, medio en serio, me dijo que la calentaba tanto que cualquier día lo dejaría hacer lo que quisiera; y yo también entre broma y en serio le sugerí que me dejara verlos por videollamada.

Una tarde estaba tranquilo en mi escritorio cuando de pronto suena el móvil, pero no era una llamada común, era una video llamada de Maggie. Contesté y vi cómo iba acomodando el móvil como para poder abarcar lo mejor posible su oficina. Luego me hizo dijo que espere con una seña, fue a abrir la puerta y entró un hombre. De inmediato los dos empezaron a coquetear y así me di cuenta de que era el seductor, así que me acomodé bien para ver qué sucedía.

Luego de conversar un buen rato, él hizo ademán de tocar sus rodillas, y ella se acercó un poco facilitádole las cosas. Eso fue una señal obvia para él, que, más aventurado, se levantó, la arodeó y se ubicó detrás de la silla en la que se encontraba. Ella se quedó inmovil. Él puso sus manos en los hombros de ellaa y empezó a darle un masaje. Ella se relajó y se veía que lo disfrutaba. Estuvo por un buen rato así, subiendo y bajando por sus brazos, rozando su cuello, descubriendo un poco la piel, hasta que ella giró su cabeza, y le hizo un ademán que no entendí. Él se separó, ella se paró y se sentó de nuevo en la silla, esta vez a horcajadas, apoyada en el espaldar, dádole la espalda y dejando su culitto sobresaliendo provocativo. El lo miró y respiró profundo. Empezó a darle masaje desde los hombros, la nuca, bajando por la espalda. Se centraba en los hombros, apartando poco a poco la tela de la blusa, dejando más piel al descubierto.

En un momento ella dijo algo y se llevó las manos al pecho, luego me di cuenta de que se había desabrochado un par de botones de la blusa, porque él pudo abrir un poco más la tela y descubrir casi por completo sus hombros, dejando a la vista las tiras de un brassiere negro. Él siguió con el masaje, rozando la blanca piel de Maggie, y pasando sus manos cada vez más adelante por encima de los hombros. Ella respiraba cada vez con más fuerza, se notaba por cómo se movía su pecho. El seductor empezó a bajar sus manos por la espalda, acariciándola y llevándolas ligeramente hacia adelante por ambos lados, casi hasta tocar sus pechos. Ella, con una sola mano, terminó de desabrochar su blusa, dejándola completamente abierta, al percatarse de eso, él levantó suavemente la tela y descubrió su espalda. Él empezó a acariciarla con sus manos y con sus labios desde la nuca hasta la base de la espalda, rozando el borde del pantalón y acariciando, descuidadamente sus caderas. Fue subiendo poco a poco, pasando sus manos por debajo de sus pechos, rozándolos suavemente por encima de la suave tela del brassiere. Ella parecía que no aguantaba más, llevó sus manos hacia adelante y desabrochó su pantalón. Al ver esto, él sacó sus pechos del brassiere y empezó a acariciarlos, copándolos por completo con ambas manos, acariciando los duros pezones con los dedos, mientras besaba suavemente el hombro y cuello de ella.

Así siguieron por un rato, hasta que ella se levantó lentamente y él le bajó muy despacio el pantalón, dejando a la vista ese hermoso y blanco culito con un calzoncito negro semitransparente. Mientras seguía acariciándole los pechos, ella pasó una mano para atrás y empezó a palpar el bulto en su entrepierna. Lo restregaba de arriba a abajo mientras ambos jadeaban notoriamente. Él se abrió el cinturón y el pantalón y, sin bajarlo más que un poco, empezó a empujarle suavemente su pene aún atrapado dentro de un boxer gris que mostraba un duro bulto ansioso de salir. Ella tiró su cabeza para atrás mientras él seguía dándole, una mano en la cadera de ella la apretaba hacia él y la otra estaba metida dentro de su ropa interior, jugando con los húmedos labios vaginales de ella. Maggie apretaba sus pechos, los acariciaba, acariciaba sus pezones mienrtas sentía cómo el pene de él parecía querer penetrarla a través de la tela.

Habrán pasasdo unos 10 o 15 minutos en eso cuando ella voltió rápidamente, dejándolo sosprendido. Ella volvió a sentarse, esta vez de cara a él, le bajó el boxer descubriendo el pene grueso, rígido y brillante de él, lo acarició delicadamente y, con mucha ssuavidad fue engullendo milímetro a milímetro ese pedazo de carne. Mientras le daba una dulce mamada, le acariciaba las nalgas con una mano y con la otra se acariciaba la vulva. Ahora él jadeaba, parecía que iba a llegar en cualquier momento y terminar en su boca. Ella proseguía suavemente haciéndolo gozar como seguramente tanto había esperado.

Luego de otro buen rato de sexo oral, se separó dándole un beso en el glande, se paró y lo hizo sentarse en su lugar, girando la silla un poco. Ella se fue sentando poco a poco sobre su pene, rozándolo primero con su vulva, lo tomó con una mano y lo fue rozando entre sus labios, entreabriéndolos, hasta que, delicadamente, se dejó caer para penetrarse toda con él. Estuvo así sentada, aparentemente quieta, mientras él se comía sus pechos y acariciaba sus glúteos. De pronto empezó a moverse arriba y abajo, subien y bajando, sus blancas nalgas saltaban a cada caída, sostenida por las manos de él, que intentaba meter un dedo entre ellas, buscando su ano. Con tanto movimiento le fue muy difícil, pero al final le clavo un dedo hasta la mitad. Ella subía y bajaba, se veía como el pene de él entraba y salía de entre sus labios.

Se notaba que él estaba por llegar en cualquier momento, porque por momentos hacía que ella bajara el ritmo para incrementarlo luego nuevamente. De pronto, ella empezó a agitarse fuertemente sobre él, como si recibiera una descarga eléctrica, parecía que estaba teniendo uno o varios orgasmos al mismo tiempo. En ese momento, él la levantó y sacó su pene de su vagina. Ella se agachó delante de él y empezó a pasar su lengua desde el glande hasta sus testículos, rozando sus pechos con su miembro. No pasó mucho tiempo para que él le echara todo su esperma en las tetas. Ella limpió todo rozando en sus pechos ese miembro que empezaba a ponerse flacido.

Luego se limpiaron con toallas de papel, se acomodaron la ropa, se dieron un beso, él le acarició una nalga y ella le sobó la entrepierna. Él se despidió y ella cerró la puerta. Luego tomó el teléfono, activó el sonido y me contó con lujo de detalles cómo habia sentido cada momento de lo que ya había visto.

De más está decir que tuve una erección tremenda durante todo el show, ella me pidió que le mostrara y le mostré. Yo ya no podía pedirle que me muestre, ya lo había visto todo.

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Colegiala un dia de entrenamiento

colegialaAndrea va en una escuela católica privada (del OPUS DEI) multinivel desde kínder hasta universidad, practica gimnasia, tiene un vientre completamente plano, un par de duraznitos bien formados, y un par de nalgas firmes y redonditas. Es una linda colegiala catolica con quien antes ya he compartido aventuras y momentos de placer.

El club de gimnasia a pesar de no participar en competencias abiertas sino exclusivamente del grupo de escuelas e institutos multinivel que pertenecía era muy competitivo y exigente. La instructora tenia apoyo en una entrenadora física que les daba un fuerte entrenamiento de resistencia lo único era que las hacia entrenar en la pista en el uniforme de gimnasia (que era un body pegado al cuerpo de color blanco con algunas franjas de color perla y azul muy claro). Para todos los hombres estudiantes era un espectáculo increíble para los maestros algo que teníamos que ser en apariencia inmunes. Por ello los estudiantes tenían prohibido entrar a la cancha o las gradas cuando entrenaban y los maestros nos retirábamos para evitar llamadas de atención. Pero ese particular miércoles las cosas fueron algo raras para Andrea y mi persona.

Primero por única vez se me ocurrió entrenar una hora antes que ellas por lo cual al verlas llegar decidí retirarme no sin notar la sonrisa de Andrea y sus amigas; segundo la entrenadora llego a dar instrucciones pero me pidió quedarme lo que hice dando la espalda a la cancha y la pista mientras me preguntaba sobre el desempeño académico de una de sus sobrinas: que la verdad tenia muchos puntos flacos los cuales le estaba comentando después de lo cual me fui a bañar al vestidor de los maestros muy excitado por ver tantas bellezas tan deseables en tan ajustados y reveladores uniformes. Tercero a los 3 o 5 minutos de yo desaparecer en los vestidores la entrenadora tuvo una llamada de emergencia y decidió posponer el entrenamiento de resistencia y darles la hora libre.

Recién me estaba secando el pelo y la cara cuando siento que me abrazan y que unas manos toman mi pene que estaba ya mas endurecido, unos labios besan mi espalda y su voz suavemente me reclama “¿¿¿ Estabas esperándome ???” y para que negar que en mis fantasías en la ducha así fue.

Me di vuelta y me recibió con un beso y desnuda, me senté en la banca del vestidor y ella sobre mi. Fue glorioso sentir su delgado cuerpo sobre mi, sus senos clavarse en mi pecho y sentir como me hundía dentro de ella hasta el fondo.

Subía y bajaba lentamente mientras se mordía sensualmente un labio y me daba besos furiosos. Apretaba su cuerpo y casi sentía perder el control cada vez que lo hacia pero mi deseo de hacerla gozar y mi orgullo como amante me ayudaban a no perder. Pronto el ritmo fue muy rápido hasta que de repente nos acercamos de forma ruda y logramos llegar. Mas calmados nos besamos tiernamente pero nuestra excitación todavíapodía mas.

Me regrese con ella a la ducha mas alejada de la puerta y la abrí (al ser de maestros las duchas eran completamente cerradas) provocando que el agua nos recorriera y dimos rienda suelta a nuestros deseos primero de pie luego me dio la espalda y la penetre de forma ruda. Sus quejidos de placer fueron callados por el agua y sentía que pronto llegaba al orgasmo. Apenas arreciaba mis movimientos cuando ninguno de los dos aguanto mas y terminamos furiosamente.

Habíamos tenido un gran encuentro pero en sus ojos leí que todavía faltaba mas y con un beso la aborde mientras que con una mano acariciaba uno de sus senos con la otra abordaba su vagina buscando con mis dedos ocuparla y a la vez rozar su clítoris. Su expresión de sorpresa y su aliento entrecortado me dijeron que iba por buen camino y moviendo mis dedos y mi mano primero invadiendo uno y luego dos para con el pulgar acompañar el movimiento por el comienzo de los labios le arranque un ultimo aliento de placer máximo.

Salimos abrazados de la ducha sonriéndonos como tontos.

Asegure la puerta con el pasador y nos secamos con toallas y caricias. Se vistió me asome y me despedí de ella mientras se retiraba de los vestidores sigilosamente diciéndome al oído “Te falto” mientras se acariciaba con las manos su trasero y me sonreía maliciosamente.

Apenas volvía por mis cosas relamiéndome el placer en los labios cuando vi en mi locker una carta rosada y con corazones, sintiéndome adolescente sonreí pensando en mi querida colegiala pero la sorpresa es que era de Cecilia su compañera de grupo.

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